De la hormiga al hormiguero
Parto del supuesto que nadie vota insecticida
La verdad es que no lo puedo
probar: las elecciones venezolanas de Chaves no me ayudan, las peruanas
tampoco, ni las de Meloni o el Brexit. Sin embargo, aprendí que la base de la
democracia es aceptar íntimamente que cada individuo adulto es el mejor decisor
de sus representantes en la arena política, independientemente del nivel
socioeconómico, educativo, informativo, etc., etc. Por lo tanto, doy por
supuesto que lo que yo veo como “insecticida” (y que después tal vez se
demuestra tal) no es lo que ve el votante cuando vota.
Claro que estoy tentada de
leer las propuestas de Milei como insecticidas, pero si hacemos un análisis más
profundo, no lo son tanto:
1- ¿Cuál propuesta? Lo que Milei dice en un lugar, lo desdice en el otro, y lo cambia cuando entrevistan a su equipo. Hay mucho tecnicismo económico en su discurso. No puedo creer que alguien que tiene dificultades con la tabla del 6 pueda entender el proyecto de dolarización de la economía
Para
mi vota a
i.
Un técnico este
habilitado a hacer un diagnóstico del problema.
ii.
El problema es el peso
y le déficit fiscal producido por la corrupción de los gobiernos anteriores.
iii.
La solución es votarlo
a él que va a dolarizar (terminar con el peso) y es un outsider de la política
y por lo tanto un “no corrupto por conocer”, inocente de corrupción hasta que
se instale lo contrario en el imaginario colectivo.
Es decir,
votar Milei:
experto
+ identificación del problema + solución= futuro roseo.
2- Ninguna revolución.
Lo que Milei propone en su programa no es ni tan terrible, ni tan temerario. El
único que ideológicamente no lo firmaría en todo el panorama político es
Grabois. Es más disruptivo la vehemencia con que lo propone que la propuesta
misma. Habría solo que tener en cuenta lo utopico de las conclusiones:
“políticas
liberales que coadyuven al despegue económico, político, cultural y social que
los argentinos necesitamos para volver a ser el país pujante que éramos a
comienzos del año 1.900.”
Pero
no me asustan los utópicos propósitos. Me tienta defender el programa de
Grabois por utópico, no obstante inconsistente, ahora no puedo atacar a Milei
por exactamente el mismo problema.
3- La democracia se muerde la cola en el punto en el que para ser verdaderamente
democrática debe tolerar la semilla de su propia destrucción, que son los
partidos antisistema. Lo que le paso a Venezuela: Chávez ganó en el sistema
para destruirlo, y así hizo. Es un problema de la democracia desde los griegos
en adelante. De hecho, las democracias modernas que suelen ser constitucionales
han desarrollado mecanismos institucionales para disminuir el daño potencial de
los partidos insecticidas.
Milei no es
antisistema, ni cerca. Pero aun lo fuera, la constitución Argentina (’53-‘94) es
buena. Fue bien pensada, y sobrevivió ya 40 años y espero que sean solo los
primeros 40 años. Quien vota, vota en democracia, dando por descontada la
herramienta democrática y siendo consciente que un posible “insecticida” tiene
muuuuchos límites en su potencial disruptivo y en el peor de los casos dura
poco (en dos años se vota otra vez).
Hormigas y cucarachas
Creo que la division social es lo peor que
nos deja el Kirchnerismo.
Una campana electoral es la
elaboración simbólica de la guerra. Esta elaboración tiene muchas ventajas, la
primera es que no hay muertos y la segunda es que cuando termina la campaña, se
desarman también los ejércitos, desaparecen los bandos y se reconcilia la
ciudadanía sin cicatrices. He notado que, en Argentina es difusa la idea de que
realmente existen dos grupos “hormigas” y “cucarachas” que son incompatible y
se odian: la grieta. No estoy de acuerdo. Creo que es el resultado dañino de electoralizar
toda la vida política del país. Es irresponsable acentuar ficticiamente un
clivaje social que es natural que exista transformándolo en malestar y
conflicto innecesario.
Las democracias modernas prevén
que quien gana las elecciones, gobierna para toda la ciudadanía, en
colaboración y con el control atento de la oposición. No se gobierna para sí
mismos (me eligieron a mí por eso hago lo que quiero), ni para la mayoría que
sostuvo al elegido (somos mayoría y gobernamos como queremos porque el pueblo
nos eligió). Gobierna el candidato que obtuvo mayor número de votos, gobierna
en el respeto de la visión que se le encomendó, pero gobierna para toda la
comunidad.
¡Y esto es posible fácilmente porque justamente,
no hay muertos en la contienda! Y esto es así, aunque la minoría sea
antisistema. El elegido tiene que hacer un esfuerzo por entender y satisfacer
incluso al antisistema que no lo voto. Era lo que hablábamos de Cataluña:
ningún gobierno catalán que sea puede olvidarse de la mayoría que no quiere la
independencia y ni de la gran minoría que la quiere. Tiene que buscar modos de
gestionar el conflicto.
Esto es claramente una
posición política personal, pero también es un valor a la base de la mayoría de
las constituciones que he estudiado. El gobernante elegido no gobierna para sí
mismo, no gobierna para su mayoría, sino que gobierna para todos.
Además, en ninguna sociedad
hay un grupo hormigas que es biológicamente distinta de otro grupo cucarachas.
En el momento que afirmamos o sostenemos esto, o intentamos cristalizar
cualquier forma de división nos transformamos automáticamente en racistas.
En una sociedad hay personas
diferentes: ricas y pobres y mas o menos, mujeres, hombres y LGTB*9, blancos,
negros y amarillos; judíos cristianos y musulmanes; peronista, antiperonistas y
abstencionistas, etc. etc. Y estas personas, que ya son diferentes en muchos
aspectos en un determinado momento del tiempo, cambian.
Mi idea es que, si en la PASO
una hormiga que odiaba a una cucaracha voto a un insecticida, en las elecciones,
esa hormiga ahora es cigarra y vota fertilizante, dos cucarachas emigraron y
otras tantas se transformaron en cucarachos pero votaron distintes, además los
grillos disolvieron el partido.
La venganza de la hormiga
Si ya era difícil cristalizar
un grupo biológico o social “hormiga”, ¡Ni me imagino asignarle una voluntad! En
primer lugar, porque la voluntad es una propiedad del individuo no del grupo. Para
que se entienda: si yo digo que el grupo A es trabajador, lo que estoy diciendo
es que cada integrante del grupo A es trabajador (propiedad del individuo) y
como consecuencia el grupo es productivo (la productividad puede ser una
propiedad del grupo). Contrariamente, si uno afirma que el 30% de las hormigas
vota Milei, no puede deducir que voto la hormiga 1, 2 o 3 porque el porcentaje
es una propiedad del conjunto y no del individuo.
Por otro lado, una de las
características más salientes y sanas de una democracia es la alternancia
política. No importa cual alternancia o a cuál político, sino la alternancia
como valor intrínseco porque en esa alternancia suceden cosas importantes
positivas para la estabilidad y el bienestar del sistema político y por lo
tanto de la sociedad.
En este sentido, votar
distinto para castigar a un partido político está bien. Justamente para eso está
el voto, para decirle a (tu) partido político, “hasta acá llegue” o “esto no me
gusta más”. Es como podar una planta desde lo alto para que se desarrolle más
en las partes bajas, o sacarle las ramas de un lado para que crezca para el
otro.
Votar distinto puede
significar también que la sociedad se apodera del instrumento del voto y lo usa
deliberadamente. Inteligente o torpemente, consciente o inconscientemente, fiel
o instrumentalmente, por interés (dentro del marco institucional) o ideal, etc.
esto no importa tanto, como el hecho de que lo use sustituyéndolo lo más
posible a la “guerra”, y también a a las protestas más o menos violentas (y en
parte también a las pacificas), a los piquetes, a manifestaciones democráticas
en la plaza, a los piquetes, a los paros, etc.
Y aún más, no esta tan mal votar
distinto por odio, frustración, fascinación, para probar, votar al más loco, al
más morocho, al que va a perder, al que grita más fuerte, al que esta más
bueno, al que sube para romper todo. En general, es mejor votar por un ideal,
en respeto de un conjunto de valores, pero no importa mucho el criterio que se
use, porque es sistema debería poder procesar todos esos criterios individuales
produciendo una imagen de conjunto que refleja valores e ideales.
Y si el sistema electoral
falla, la democracia tiene otras herramientas que mencionaba arriba: protestas,
paros, grupos de lobby, etc. Estas son válidas manifestaciones en democracia,
pero deberían ser un instrumento extra que se activa cuando el voto no dio
suficiente resultado, cuando la sucesión que surge de las elecciones no es lo
que los votantes se esperaban, cuando votaste “la solución a todos tus
problemas” y después de un tiempo ves que esa solución se perfila como
“insecticida”. Es por eso que se activa a posteriori de la contienda electoral
para influenciar un rumbo.
Hormigueros y nidos
Después de esta larguísima
presentación, no queda claro porque es que se hace viral un post como el que
estamos discutiendo. Si es verdad que no hay insecticida, que no hay ni
hormigas ni cucarachas y que no podemos decir porque votan, entonces ¿por qué
nos transmite un mensaje tan claro? Por cierto, mucho más claro e inmediato que
mi explicación.
Para responder tengo que
elevar otro escalón el nivel de abstracción y aumentar la discrecionalidad que
uso en el análisis.
Yo veo que en Argentina post dictadura
se cristalizaron dos posiciones políticas que se habían desarrollado durante el
siglo XX y que vulgarmente voy a llamar “peronismo” y “radicalismo”. Para mí,
peronismo y radicalismo representan modos distintos en que las personas
conciben y se relacionan con “lo político” y con “lo público”.
El peronismo
En el peronismo, la
legitimidad política se transita fundamentalmente por medio de la relación
humana y personal. Relación humana que
tenían Perón y Eva con los sindicalistas y estos con los operarios de la incipiente
industria, relación humana que tenían los caudillos y los peones, relación
humana que tienen los punteros con su barrio y sindicalistas con su base, etc. En
síntesis, la política en el peronismo va de humano a humano, de corazón a
corazón, de amigo a amigo donde el amigo de mi amigo es mi amigo, donde nos
pasamos los mates y nos juntamos en la plaza.
Por eso es peronismo es un
“movimiento”, un “sentimiento” que se expresa en manifestaciones públicas.
Cuando están de acuerdo son imbatibles, cuando se pelean, te destruyen las
calles. Es un tipo de relación que se presta a la incorporación de los
individuos a la comunidad: donde comen 2, comen 3.
El rasgo distintivo y fuerza
pujante del peronismo es la capacidad de explota bien “la potencia de lo
colectivo” (una frase que vi mucho en “tecnopolis”). Es una fuerza inmediata y
presente, que no calcula el futuro, pero que lo llena de combustible. Es ese
lugar donde la comunidad es más que la suma de las partes porque vibra de
emociones y pasiones. Ese punto donde la gregariedad expresa todo su poder devolviendo
identidad colectiva, vitalidad y razón de ser, directamente a la piel de cada
individuo que es parte, sin pasar por la cabeza.
En este contexto lo público es
bastante un espacio para usar y potencialmente depredar. Como la legitimidad, el
espacio y propiedad pública se usan como propios y canalizan por medio de las
relaciones personales. En periodos electivos esto se traduce en lo que llamamos
populismo, pero también se refleja en la corrupción y en la tolerancia a un uso
discrecional y personal de propiedad pública.
El radicalismo
En el radicalismo, la
legitimidad es más intelectual, más meditada, más civilizada. Transita a través
de valores compartidos y desarrollados en el dialogo y el acuerdo. Relación que
está a la base de los acuerdos constitucionales, relaciones que compartió la
generación del ’80 (1880) y que se identifican con la misma idea de patria y de
Argentina como país, relaciones que nos permitieron crear el diseño de la democracia que
tenemos y que no hace más que pensar en una economía posible para progresar.
No que no haya pasiones, Alem,
padre del radicalismo escribió “que se rompa pero que no se doble” en la carta
que dejo al suicidarse. Pero creo que la política en el radicalismo se transita
humano- idea- comunidad, con el amigo de mi amigo nos sentamos a hablar, según
el protocolo vigente. Es un tipo de relación que tiende a proyectar y ve la
historia como una línea ascendente que lleva al progreso del grupo definido sin
mirar tanto lo que hay fuera: “Nos los representantes de pueblo…”
Por eso el radicalismo es un
“partido” y un “proyecto”. Prefiere el congreso a la plaza, las elecciones a
las asignaciones, los turnos de palabras a los gritos, privilegia las reglas y lo
políticamente correcto.
El rasgo distintivo y la
fuerza pujante está en la capacidad de pensar colectivamente, de considerar el
futuro, de dar orden civil, reglas y proyectos posibles. Es ese lugar donde la
comunidad es más que la suma de las partes porque la intelectualidad y la
expresión de valores en programas hacen posible las instituciones y en cierto
sentido la civilidad en su conjunto.
El contexto público es un
espacio para reglar, desarrollar, crear. Muy atentos a la corrección formal de
la regla, pero menos atentos al mérito o justicia de la sustancia de esta.
Menos tolerante respecto la corrupción, pero más propenso a generar reglas
potencialmente desiguales.
¿El mismo estereotipo
con distinto nombre?
No es lo mismo hablar de
hormigas y cucarachas que de hormigueros y nidos. En la primera se habla de la
identidad intrínseca e inmutable de la persona, de amores y odios, de grieta y
bandos de una potencial guerra permanente.
En la otra de relaciones
políticas, de espacios y de identidades que se encienden solo en el momento
electoral. Los nidos y los hormigueros están habitados igualmente por gente
buena y mala, corrupta y honesta. En todos estos insectos la legitimidad es
corazón y cabeza (aunque si una que prevalece y que define el votante) y en
ambas cuevas el espacio público se define y redefine constantemente.
Esta lectura abre la
posibilidad al entendimiento mutuo, al acuerdo y a la convivencia.
¿Un nuevo espacio?
Yo no lo veo. Los
cambios generacionales abren posibilidades para nuevas formas de relacionarse,
pero no lo se.
Lo que si veo, es que actualmente
el peronismo está en un periodo de desgaste natural después de muchos años de
gobierno, con una líder que no soporta perder en las elecciones por lo que
prefirió retirarse dejando el partido momentáneamente acéfalo. Además, es
probablemente momento de pasaje generacional para el movimiento y esto genera
siempre la sensación de desbande.
Pero la historia demuestra que
a la base del peronismo hay unas conexiones fuertes, estructuras de relación
que no parecen caducas, una comunidad bien delineada con gran capacidad de
rearmarse. Tanto es así que no es de descartar que una parte de la sorpresa
Milei se la debamos a la interna peronista, a la parte del partido que no
quiere a Massa y que uso sus propias relaciones para canalizar votos de las
nacionales a Milei. Si es así, esos votos “regalados” son más efímeros que los
indecisos, porque no dependen de lo que diga o haga el nuevo exponente, sino
que depende de un juego que se desarrolla en otro tablero.
Por otro lado, Milei habla los
dos idiomas: radical (formulas, programas, reglas claras) y peronista (cantos,
llantos, gritos) por lo que puede ocasionalmente recibir votos de enojados,
desilusionados, jóvenes nuevos, etc. provenientes tanto de nidos como de
hormigueros, pero que, aunque le posibilitaran una victoria electoral en esta
vuelta, son volátiles e débiles para gobernar. Pero eso está por verse.

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